Vivimos en un país, hay que aceptarlo, que en general no tiene ningún tipo de apego a sus símbolos nacionales, como son la bandera y el himno. Lo que en otros países es normal, ya sea tener una bandera en el balcón o que las ciudades pongan la bandera nacional en las plazas aquí rápidamente se tacha de fascista, opresor, centralista y mil cosas de ese mismo estilo.
Gran parte de culpa la tiene nuestra historia: Tenemos a las espaldas una dura y cruel Guerra Civil de la que no ha pasado aún tanto tiempo, una larga dictadura caracterizada por la opresión y la prohibición y una transición en la que no se produjo la “ruptura” que algunos creemos deseable (considero que la Ley de Amnistía, aunque con buen propósito, fue un error que no se pagó en el momento de su aprobación, pero que sí estamos pagando ahora) y en la que se respetaron los símbolos entonces vigentes con mínimos cambios (sustitución del águila por el escudo real y eliminación de la letra del himno).
Sin embargo desde la Transición se ha ido sucediendo una continua politización de los símbolos, hasta llegar al punto de que actualmente son prácticamente patrimonio del PP y la extrema derecha. Esto es algo que, personalmente, no puedo achacar a la “derecha”: Mientras que ellos han seguido utilizando tanto como la bandera como el himno en sus eventos, mitines y congresos, la izquierda ha ido paulatinamente eliminándolos de todos los lugares donde tienen influencia: Desde el PCE (Izquierda Unida hoy en día, Quién sabe qué mañana; que ha adoptado la bandera republicana) hasta el PSOE, aunque en este partido esa eliminación ha comenzado desde el momento en el que el actual Presidente del Gobierno, Jose Luis Rodríguez Zapatero, llegó a la Moncloa. Y esa despatrimonialización sobre estos símbolos llevada a cabo por los partidos de “izquierda” ha calado en las bases, sólo hace falta ver una concentración convocada por el PP y otra convocada por el PSOE (ya ni que hablar del PSC) y contar el número de banderas.
La enseña nacional y el himno es algo que nos representa, en principio, a todos. No hay problema en que ciertos partidos nacionalistas-independentistas-secesionistas no se identifiquen con ellos, es lógico y comprensible, pero lo que yo al menos no entiendo es que un partido que se identifica como “Español” reniegue de los símbolos constitucionales, quizá por alergia a ellos o para así contentar y conseguir el voto de los sectores nacionalistas moderados.
Y es que los problemas que tenemos en España no suceden en ningún otro país: Si salimos de nuestras fronteras encontraremos una Europa donde mayoritariamente los partidos nacionales utilizan la enseña nacional sean de izquierdas, derechas o de centro.
A pesar de todo ello, estamos asistiendo a un cambio gradual y lento en la sociedad española, aunque no en los partidos, principalmente con motivo del Mundial de Fútbol. Parece que la gente ya no se avergüenza de sacar la bandera de su país y lo hace con orgullo y sin miedo a que cualquier cabezabolo le llame facha. ¿Será un cambio permanente o conseguirán los políticos neutralizarlo?
La principal diferencia entre la democracia y cualquier otro sistema político es que la primera se funda en un orden constitucional que garantiza a los ciudadanos sus libertades básicas y su igualdad ante las leyes. La Constitución es la clave de bóveda del edificio legislativo que desarrolla y ordena derechos y obligaciones que deben ser iguales para todos. Por eso atacar la Constitución vaciándola de contenido y debilitando su carácter de ley de leyes, es atacar la libertad, la igualdad y la propia democracia.
En estos últimos años los ciudadanos españoles estamos padeciendo una erosión constante de nuestro orden constitucional, y por tanto de nuestras libertades y de nuestra igualdad ante la ley. Nada hay más frágil que la democracia, cuyo mantenimiento y mejora exige de todos una vigilancia constante y comprometida. Resulta intolerable que los propios gobernantes elegidos para defender el orden constitucional sean quienes más empeño ponen en convertirlo en un caos sin sentido.
Hoy nos hemos reunido aquí, ante la sede del Tribunal Constitucional, para expresar nuestra protesta contra la manipulación de las instituciones encargadas de velar por el mantenimiento del orden constitucional, o lo que es lo mismo, de velar por los derechos y obligaciones iguales para todos, y por nuestra libertad personal. Nos hemos reunido aquí, ante la sede del más Alto Tribunal, para proclamar que sin justicia constitucional, no hay democracia.
La unidad de la Nación española que proclama nuestra Constitución no es otra cosa que la igualdad jurídica de todos nosotros tomados de uno en uno, como sujetos libres y miembros conscientes de la misma democracia. Y esta es, ciertamente, la unidad que pone en peligro la negación del orden constitucional a través de leyes y de acciones de gobierno que no nos consideran ciudadanos de la misma Nación sino que, imponiendo obligaciones y deberes diferentes, convirtiendo privilegios en falsos derechos y arbitrariedades en falsas obligaciones, nos dividen en rebaños enfrentados donde lo que importa no es la libertad y la igualdad entre ciudadanos personalmente diferentes, sino la identificación cerril con un pensamiento obligatorio y uniforme que llaman, sin serlo, “identidad cultural”.
Con la excusa de contentar a nacionalistas descontentos por definición, de potenciar disparatados derechos de lenguas y territorios a base de restarlos a las personas, de reparar viejas heridas sentimentales y resucitados agravios históricos, de imponernos por nuestro presunto bien leyes sectarias que casi nadie reclama, los partidos que gobiernan España y numerosas comunidades autónomas protagonizan constantes ataques contra la Constitución. Sus esfuerzos por controlar y manipular la justicia, la hacienda, los medios de comunicación y todas las demás instituciones públicas para ponerlas al servicio de sus intereses particulares, su contumacia en tomar decisiones claramente inconstitucionales, nos han conducido a una gravísima crisis política.
Naturalmente, la Constitución puede cambiarse para mejorar la democracia. Nosotros proponemos una reforma constitucional que mejore nuestro orden político a la luz de las experiencias de todos estos años. No somos partidarios de la inmovilidad o la fosilización de nuestra Constitución, sino de adecuarla a los retos del siglo XXI. Pero cualquier reforma que se proponga debe ser fiel y leal al orden constitucional, seguir los procedimientos establecidos por la propia Constitución para su reforma. Y lo que rechazamos es la práctica viciosa de cambiar la Constitución por la puerta de atrás, mediante reformas de Estatutos de Autonomía o por medio de leyes y decretos que chocan con su letra y su sentido. Como ciudadanos españoles, libres e iguales, exigimos ser consultados por quienes quieren cambiar la Constitución por la vía de los hechos consumados, burlando el “derecho a decidir” básico de la democracia, el de participar en la toma de decisiones sobre lo que nos afecta a todos y no sólo a una parte de nuestro país.
Cuando el orden constitucional está en peligro, también lo está la libertad de todos y cada uno de nosotros. Es el momento de que los ciudadanos conscientes digamos de nuevo basta ya, como muchos miles dijeron no hace tanto frente al terrorismo y al nacionalismo obligatorio en el País Vasco. Es el momento de exigir el cese de todo ataque contra la Constitución, y el fin del desacato de los gobiernos a las leyes y sentencias que no les gustan.
Como ciudadanos que cumplimos las leyes y acatamos las sentencias de los tribunales de justicia, incluso las que no compartimos, exigimos a los gobernantes, comenzando por el Gobierno de la Nación, que también ellos respeten la legalidad y cumplan y hagan cumplir las sentencias de los tribunales, incluyendo la de este Tribunal Constitucional relativa al Estatuto de Cataluña. Porque un país donde los gobernantes se reservan cumplir o no la legalidad a su conveniencia no es un Estado de derecho, sino el reino de la arbitrariedad. Porque sin justicia constitucional, no hay democracia.
No denunciamos ataques abstractos. Mientras hoy nos concentramos ante el Tribunal Constitucional para defender la Constitución y protestar contra quienes la quieren vaciar de contenido, en Barcelona se celebra una manifestación contra la Constitución convocada expresamente por el presidente de la Generalitat; una convocatoria basada en las falacias de que la voluntad del pueblo y la nacionalidad sentimental están por encima del Estado de derecho y de la nación constitucional.
Con independencia de la opinión que cada cual tenga de los conflictos políticos y jurídicos creados por la irresponsable gestación de un Estatuto de Autonomía claramente inconstitucional –conflictos artificiales de los que el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, es el máximo responsable–, la manifestación de Barcelona representa un ataque a la Constitución, y es un acto de desacato al orden constitucional que adquiere su máxima gravedad al estar liderado por el Gobierno y las instituciones de Cataluña.
Es una manifestación contra la separación de poderes y la autonomía de la justicia, contra la igualdad de los ciudadanos y contra el imperio de las leyes mientras sigan vigentes. En definitiva, es una manifestación contra la democracia. Nosotros exigimos a la Generalitat de Cataluña que cumpla con su obligación democrática de acatar la sentencia del Tribunal Constitucional; y exigimos al Gobierno de la Nación que haga cumplir la sentencia y promueva la derogación de todas las leyes que se han aprobado en desarrollo de artículos declarados inconstitucionales por el fallo del TC. Exigimos que cualquier solución a las deficiencias de la actual estructura territorial del Estado se discutan con transparencia en el Parlamento Nacional, con argumentos y propuestas políticas, impidiendo que el futuro de España, nuestro futuro, sea objeto de oscuros trapicheos celebrados a nuestras espaldas.
El objetivo de la política democrática no es hacer que unos se sientan más cómodos que otros a base de imponernos a todos sus sentimientos, haciéndolos obligatorios; el objetivo de la democracia no es restañar heridas imaginarias ni ganar retroactivamente guerras del pasado. El objetivo de la Constitución no es dar satisfacción a mitos y emociones que, por muy comprensibles y humanas que sean, van contra los principios de solidaridad, libertad e igualdad sin los cuales no hay democracia ni ciudadanía, sólo tribus enfrentadas y encadenadas a emociones primarias.
La política democrática debe perseguir el perfeccionamiento incesante de las instituciones, trabajar por un gobierno más eficaz y transparente, por un parlamento más representativo y reflexivo, por una justicia más autónoma y justa. La democracia es la consecución de más libertad personal y de más igualdad entre los ciudadanos con independencia de cuál sea su riqueza, su lugar de nacimiento o residencia, su profesión, su lengua materna, su sexualidad, sus creencias y sentimientos de identidad o pertenencia. Libertad e igualdad son los valores supremos que debe preservar y cultivar el orden constitucional de la democracia, y estos son precisamente los valores que están poniendo en grave peligro los ataques contra el orden constitucional de la España democrática que hoy hemos venido a defender.
Ciudadanos, nuestra libertad está amenazada por quienes creen que pueden dividirnos para acabar con la igualdad y la solidaridad entre nosotros, levantando fronteras artificiosas en nombre de mitos y prejuicios que encubren turbios intereses e impiden la regeneración de la política democrática.
Ciudadanos, ¡Basta ya de ataques a la democracia!
Ciudadanos, ¡Viva la Constitución!
Manifiesto leído por Rosa Díez, diputada y portavoz de Unión, Progreso y Democracia, en la concentración celebrada el día 10 de Julio de 2010 frente al Tribunal Constitucional.
Se entiende por conjunto a la agrupación en un todo de objetos bien diferenciados de nuestra intuición o nuestro pensamiento. ~ Georg Cantor
Escuchaba el otro día con una más que razonable sorpresa las declaraciones de Leire Pajín diciendo cosas como que “El Tribunal Constitucional ha declarado la constitucionalidad del Estatuto” en una rueda de prensa en Ferraz. Teniendo en cuenta que esta señora ha sido miembro del Claustro y de la Junta de la Facultad de Económicas y Empresariales de la Universidad de Alicante, me da la impresión de que ha sufrido el llamado mal del estudiante, ese extraño síndrome que provoca amnesia y hace que en el momento de comenzar un nuevo curso te hayas olvidado de todo lo que habías aprendido en el anterior.
Por ello quiero refrescarle la memoria sobre lo que es un conjunto y lo que es una parte, principalmente para que no tome, como dice la famosa frase, la parte por el todo.
Cuando hablamos del Estatut de Cataluña estamos hablando del todo: El preámbulo, cada uno de los 223 artículos que lo componen y las disposiciones finales. Eso es el todo, el Estatut. Dentro de ese todo, 14 artículos han sido declarados inconstitucionales y unos 27 (junto con alguna que otra disposición) van a ser sometidos a interpretación de la forma que el Tribunal Constitucional estime oportuno. Esa es una parte. La otra parte son el resto de artículos y disposiciones que, o bien no han sido recurridos o cuyo recurso ha sido rechazado. Esa es la otra parte.
Podríamos decir pues que el Estatut está formado por dos partes que forman un conjunto. El problema es que una de las partes es inconstitucional, por lo que el conjunto, el todo (preámbulo, la suma de esos 223 artículos y las disposiciones finales) es inconstitucional hasta que esa parte no sea retirada del texto estatutario.
Ejemplificando a lo Ana Botella: Si tienes una manzana que tiene un trozo podrido, estrictamente no puedes decir que la manzana está en buenas condiciones, dices que está en mal estado, pues toda la manzana, su conjunto, contiene una zona que no es apta para comer. Otra cosa es que puedas eliminar esa parte con el cuchillo, en cuyo caso sí podrás decir que la manzana está bien, pero siempre después de eliminar la zona mencionada.
Algo parecido, en resumidas cuentas, a lo que dice en un momento de su intervención, en la que contradice el grandilocuente titular y admite que el Estatut no es plenamente constitucional (aunque de estas declaraciones se podría extraer que todos los recursos han acabado con artículos siendo sometidos a interpretación cuando la realidad es que 14 han sido rechazados de pleno):
La sentencia del TC ratifica además que la inmensa mayoría de los contenidos del Estatuto de Cataluña, según parece, se ajustan a la Constitución, si bien en algunos casos precisa su alcance mediante la interpretación.
De todas maneras algo que siempre me sorprenderá de Leire Pajín es su capacidad de decir una cosa y la contraria en el mismo discurso, pero no haciendo uso de una buena retórica que posibilite que incluso en esas condiciones sea coherente, sino haciendo uso de la falta de vergüenza que al parecer le viene de familia.
Resulta que ahora los lumbreras de Izquierda Unida han decidido que no les basta con ese pseudocirco que llaman “Refundación de la Izquierda” y han pensado en que sería deseable cambiar el nombre del partido cuando todo el proceso de cambio acabe.
Cambio, con cursiva, porque los encargados de ese partido están sumidos en un inmovilismo absoluto: Se podría decir que ellos están en una autopista, con el automóvil parado, y al ver que todos los demás coches se mueven creen que también están dando pasos adelante… y por mucho que les piten no se dan cuenta de que no van a ninguna parte defendiendo tesis de hace 100 años, tesis por otra parte que aún no he visto funcionar de forma correcta por mucho que cierto descerebrado considere deseables los rasgos de los países bananeros tipo Cuba o Venezuela.
Dicen en su ponencia, redactada por el Secretario de la Refundación de IU (¡Toma ya, tienen un cargo sólo para eso!), que sería algo positivo, y cito textualmente de la noticia publicada por El Mundo:
Construir una organización “de nuevo tipo” [e invitar a unirse a] ecologistas, comunistas, socialistas de izquierdas, republicanos, nacionalistas de izquierdas, etc…
…Lo que viene a llamarse, al menos en Asturias, casa de putas donde nadie tiene que ver con nadie y al final sólo se llega a un engendro frankesteiniano que lo único que conseguirá hacer es fomentar el estupidismo de ciertos sectores que piensan que por ser de izquierdas no puedes defender la unidad de la nación, que si eres de derechas no puedes ser republicano y alentar a ciertos sectores de la caverna mediática de la derechona que aprovecharán para comparar esos supuestos “socialistas de izquierdas” con los comunistas, invocar a Corea del Norte y meter miedo a todo el mundo diciendo que si votan socialismo vendrá un Kim Jong-Il que nos someterá a todos. Y todo eso en una sola jugada. Vamos, todo un logro.
Desastres y catástrofes varias aparte, me gustaría poder hablar con quien dirige el marketing del partido. ¿Han oído hablar de eso llamado branding? ¿Están en su sano juicio proponiendo un cambio de nombre (por mucho que quieran limpiar esa imagen de perdedores y perritos falderos del PSOE que actualmente tienen) ahora que por fin están consiguiendo levantar un poco la cabeza en las encuestas después del desastre de las Generales de 2008? ¿En serio pretenden presentarse bajo una nueva marca (y por ende desconocida) a las próximas elecciones, cosa comprensible si tuviesen a un líder carismático, fuerte y conocido, pero inexplicable si tienen al frente a alguien desconocido hasta para sus votantes?
En fin, salimos de una Izquierda Unida en la que cada federación de cada Comunidad Autónoma defiende lo que le da la gana, a veces incluso contradiciendo al resto del partido, sin tener un mensaje unitario, para entrar en un partido desconocido en el cual cada federación de cada Comunidad Autónoma defenderá lo que le dé la gana, a veces incluso contradiciendo al resto del partido, sin tener un mensaje unitario.
Plas, plas.
Podría comenzar este post comentando las noticias de actualidad y exponiendo el punto de vista de UPyD sobre el tema en cuestión. Podría comenzar este post detallando las más de 400 iniciativas parlamentarias llevadas por nuestra portavoz, Rosa Díez, al Congreso de los Diputados. Podría comenzar este post hablando de la incapacidad de los líderes de los partidos convencionales para llegar al consenso en una época tan dura y llevando al país a la ruina. Podría comenzar este post de mil maneras distintas, pero creo que la forma más sencilla de deciros por qué es tan importante que os unáis al proyecto de Unión, Progreso y Democracia es exponer por qué lo hice yo.
Desde siempre me había encontrado huérfano de partido político. No me identificaba ni con uno ni con otro, porque, a pesar de que los partidos mayoritarios intentaban mostrarse como los polos opuestos de un imán, siempre vi que eran el mismo perro con distinto collar, color y siglas: Empeñados en manipular a la sociedad a su conveniencia, en apoltronarse en el trono de mando, en politizar la justicia, en legislar a su favor pero no en beneficio del resto de ciudadanos, en acomplejarse por sus problemas territoriales y en acordar hipotecarse con los partidos nacionalistas. A pesar de ello mi interés por la política era muy pequeño, si no inexistente, y asumí que eso no cambiaría.
Conforme fui creciendo fui dándome cuenta de que nada de lo que había a mi alrededor funcionaba. Vi cómo los jóvenes con carreras se quedaban en el paro porque se había adoptado el modelo de crecimiento del ladrillo, vi cómo el adoctrinamiento en las escuelas aumentaba, vi cómo los políticos secuestraban los votos de los ciudadanos haciendo que valiesen menos dependiendo de dónde y a qué se votara, vi cómo esos mismos políticos se aumentaban su millonario sueldo mientras hay miles de personas que no llegan a fin de mes, vi cómo crecían 17 reinos de taifas que egoístamente pedían más y más dinero para mantener su propio esqueleto, vi cómo los ciudadanos no tenían los mismos derechos en todos los lugares de mi país, vi cómo se destinaban más y más fondos a la escuela concertada en detrimento de la escuela pública, vi cómo la religión católica seguía en las escuelas, vi cómo el Estado protegía a quien más tenía y no a quien más necesitaba…
Vi tantas cosas que llegué a mi punto de ebullición. Vi tantas injusticias, tantas políticas miserables, tanto ombligismo, tanto pacto invisible entre los partidos para que nada cambiase, tanto freno al progreso y tantos insultos al conjunto de la ciudadanía que me harté. Me harté y me dije que esto no podía ser así y que debía hacer todo lo que estuviera en mi mano para intentar que nuestra situación cambiase, para que los ciudadanos volviésemos a tomar las riendas de nuestro país y para dar un golpe sobre la mesa y decir a nuestros representantes políticos que no vamos a aceptar que continúen por el camino que están creando.
Y en esta tesitura tuve la inmensa suerte de encontrarme con más personas que pensaban como yo. Resulta que en el desierto político no estaba sólo yo, sino que había todo un oasis, un sector de la sociedad comprometida, trabajadora y concienciada que creía que las cosas no estaban funcionando y que necesitábamos una regeneración de nuestra vida política. Tuve la inmensa suerte de encontrarme con esas personas, compañeros ahora de trabajo no remunerado y de horas de esfuerzo para dar a conocer nuestro proyecto, en torno a un proyecto político: Unión, Progreso y Democracia. UPyD.
Creemos que estamos a tiempo de dar un giro de 180º y convertirnos en un país moderno. Creemos que podemos conseguir que todos los ciudadanos sean iguales, que podemos conseguir que nuestra educación sea una de las mejores de Europa alejándola de complejos y adoctrinamientos, que podemos devolver las instituciones a los ciudadanos porque son esas manos, las nuestras, las que nunca debieron dejar de manejarlas.
Creemos que podemos cambiar las cosas. Queremos cambiar las cosas. Pero, para ello, necesitamos la mayor de las ayudas posibles: La tuya.
Nuestros medios son sencillos, nuestros recursos son escasos, a cambio de tu apoyo sólo podemos dar mucho trabajo, y, en todo caso, la satisfacción de estar con gente que piensa como tú y que también quiere cambiar el rumbo del barco antes de que choque contra el iceberg. Pero tenemos algo de lo que ningún otro partido político puede presumir: Tenemos las ideas claras y decimos lo que pensamos. Sin complejos y sin miedos.
Si piensas que necesitamos una regeneración democrática e institucional para poder sentar las bases de una España innovadora, competitiva y moderna, no estás solo. Estamos aquí y pensamos exactamente lo mismo. Ya no hay tiempo para excusas, ya no hay tiempo para mirar para otro lado, es hora de entrar en acción. Puede que lo consigamos o puede que fallemos en el intento. Si lo conseguimos, todo nuestro esfuerzo y nuestro trabajo habrá dado resultado. Si fallamos, sabremos que lo hemos intentado y tendremos la certeza de que otros, y quizá algunos de nosotros también, lo intentarán tarde o temprano de nuevo. Pero a pesar de esa incertidumbre seguiremos trabajando, con ilusión, fuerza y ganas para intentar crear los cimientos de un país más justo y más democrático. Y para ello te necesitamos.
Porque tu ayuda es necesaria. Porque eres necesario.